Carta al director que refleja los sufrimientos del covid-19 en Cieza

Imagen de L.O.

Pálida

Alberto Caigüelas Medina

Eres una persona que por fuera demuestra mucha seriedad, quizás porque no te conocen tanto como yo (aunque ya se sabe que nunca se termina de conocer a una persona).

Conforme se entabla conversación contigo se sabe que eres totalmente distinta, entregada, muy afín a los tuyos, creativa, pensativa, muy positiva, coherente, dentro del punto de locura que tienes siempre, tienes ese momento de freno.

Mujer, amiga, madre, totalmente diferente a las demás, con momentos buenos, momentos malos, momentos de angustia, momentos de muchísima felicidad, pocas veces te he visto enferma. Sin embargo,  el amigo “bichito” se vino con nosotros a convivir unos días. Fueron eternos y se convirtieron en casi tres semanas. Afortunadamente, “lo hemos  vencido”.

Pero no olvidaré nuca esos cuatro días interminables en los que te vi sufrir, angustiada, sin ganas de nada, con fiebre, tos, fatiga, vómitos, descomposición intestinal. Nunca antes te había visto así. Era hablar y arrancar a toser, levantarte y volver toser, una sensación de fatiga de asfixia que creo que no se me va a olvidar nunca.

Pongámonos en situación madrugada de un día cualquiera, 3:54 am. Me despierto entre penumbras y escucho toser (quizás ya llevarías cinco o diez minutos tosiendo). Entro a la habitación de la cual sale una tenue luz de mesita y te veo ahí sentada, tosiendo a todo lo que das, PÁLIDA, con angustia, cansada. Exhausta por la tos me dices que quieres ir al baño, que te acompañe. El simple hecho de ayudarte a levantarte y ponerte en pie ya es una odisea para ti. Dar un paso hacia pasillo para poder ir al baño, otra historia interminable. Cuando por fin llegamos, la tos se vuelve todavía más grave y tras la tos comienzan los vómitos. Vómitos de angustia, de malestar de cuerpo, un cuerpo vacío porque el virus no te permite comer. Te echo agua por la nuca y en las muñecas para que se te pase esa angustia incesante. Tras aproximadamente 35 minutos de tos te calmas y te quedas dormida hasta el día siguiente. Y así, prácticamente,  tres o cuatro noches seguidas.

Ese rostro  pálido, angustioso, decaído y masacrado por este maldito bicho no te permitía  sacar una sonrisa; ya sé que el momento no era el idóneo, pero aun así tú lo intentabas.

Y saben lo que les digo: que día a día hemos estado luchando contra este maldito invasor de cuerpos, destructor de vidas, de sueños, de propósitos, de deseos…

Por  suerte parece que toda esta situación se ha revertido y vamos volviendo a la denominada “nueva normalidad”. Por eso os pido que no os despistéis y que no penséis que no podéis pasar por esta situación. Este bicho no se apiada de nadie, y unas veces es leve pero otras sacude con demasiada fuerza.

 

 

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